Insomnio.


Hundido en aquella habitación de sombras, iluminada únicamente por el halo de la luna llena que se escondía paulatinamente con forme las nubes la cubrían con su espesor, con el ruido de las ramas de un gran roble golpeando la ventana a causa del viento otoñal que a su vez se encargaba de enfriar todo el ambiente y con una tranquilidad tan profunda que podría ser turbada con la más sencilla de las pasiones.

Justamente ahí, se encontraba una joven mujer, sentada en el azulejo, con sus manos en las rodillas y azotando su cabeza contra la pared  una y otra vez. Alrededor suyo los mechones de su larga cabellera negra demostraban la decadencia en picada que sufría de una manera tormentosa, su ropa sucia expedía un hedor muy similar a los cerrojos mentales que hoy en día abundan en la cabeza de demasiados individuos, el maquillaje de su rostro no encajaba en ningún sitio; sus piernas y brazos desnudos estaban cubiertos, en partes, por grandes capas de sangre seca; y en su cara un sinfín de insectos empezaban a encontrar un lugar acogedor para satisfacer sus peculiares necesidades.

Su rostro estaba decaído, sin energía, parecía una capa de piel de serpiente a punto de ser desechada. Ese rostro que en algún momento demostró desesperación hasta su punto máximo y que al no poder ser desechada, carcomía toda emoción que quedaba dentro de su cuerpo.

Llevaba ya veinte días sin dormir, pero no era el cansancio lo que trastornaba sus sentidos, sino la culpa. Ese sentimiento que nos vuelve vulnerables y hace que nos pongamos en contra de nuestra propia persona. Después de algunos días torturándose a sí misma, no para hacerse daño físico, sino para sufrir emocional y mentalmente, encontró la solución. Su casi nula capacidad de raciocinio se demostró al no poder evitar que el insomnio deformara todos sus pensamientos.

Y mientras estaba hundida en un limbo de somnolienta miseria, vio algo tan terrible que todas las alucinaciones de las que había padecido durante todos esos días no hubieran podido igualar.

Frente a ella, vio a un ser carente de cabello, su piel grisácea tenía trozos de carne colgando, en su abdomen desnudo habían ulceras que derramaban un líquido negro y espeso; su columna vertebral se marcaba en su espalda de tal manera que podrías poner tus dedos entre los espacios de cada vertebra, en sus manos tenía algunos dedos rotos y las uñas eran muy largas; y finalmente, su rostro. El espacio entre sus ojos era el doble de grande, sus cejas y pestañas desaparecieron por completo; donde debería tener la nariz, había un agujero cuya profundidad daba casi hasta la nuca; la mitad de sus labios estaba quemada y la otra mitad dejaba al descubierto sus dientes negros, en los cuales escurría saliva de color amarillento.

– ¿Qué clase de monstruo es ese? –  Se preguntó asustada y un tanto indiferente, pero en cuanto su mirada enfocó mejor, por fin sintió algo de nuevo. – ¡¿Quién eres y por qué osas atormentarme con tu presencia?!

Pero aquel monstruo no respondió.

– ¡Déjame sola con mi agonía! – Gritó la joven con una desesperación que hace mucho no sentía. – ¡Aléjate y no vuelvas!

Aquel ser horrible se acercó cada vez más, y ella sólo podía retroceder arrastrándose hasta que tocó con la pared. El monstruo se arrodilló ante ella, quien gritaba con una voz meramente destructiva para los oídos de un humano común, pero que a la entidad no le hacían ningún daño. Poco a poco, ambos empezaron a sentir la respiración del otro. Y cuando estuvieron lo suficientemente cerca, el monstruo dijo: –Por dios… ¿Eso soy yo?

Al decir eso, el hedor fue insoportable y la joven se fue hacia un costado y comenzó a vomitar. Fue un impulso físico, pues en un instante hizo consciente lo que había escuchado.

– ¡Tú! ¡¿Yo?! ¡Tú no eres yo! ¡Oh, sé que he cometido atrocidades, sé que he hecho demasiado daño, pero no pueden castigarme de esa manera, no pueden castigarme, no pueden! – Gritó la joven desesperada mientras  se levantaba y caminaba con paso torpe hasta la cama. – Ya no lo soporto más, ¡Acabaré con esto ahora! – Se dio un puñetazo en el rostro mientras sangraba de la sien, con sus manos arrancó lo que pudo se cabello, se mordió la lengua hasta hacerla sangrar, utilizó sus uñas para extraer su ojo derecho, golpeó su pecho en señal de arrepentimiento, tomó algo de distancia y se arrojó por la ventana.

El monstruo observó en silencio aquella escena. Caminó lentamente hasta la ventana y al ver el cuerpo desvanecido de la joven, cayó de rodillas y comenzó a llorar.

– ¡No puedo convertirme en algo así! ¡Que horrible destino es el que me espera! ¡He visto lo suficiente y he aprendido la lección! – Y gritando estas palabras, se fue gateando hasta la cama y cayó profundamente dormida.

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