Acantilado.


Las olas golpeaban las rocas con un enfado digno de cualquier traición, el viento soplaba con tal intensidad que los tornados descritos por Dante parecerían simples silbidos, las nubes ocultaban el cielo de una manera caprichosa y todos bailaban al compás de la luna llena.

En la punta del mayor de los acantilados, un hombre con el corazón triturado fue a terminar con su vida. Con sus ropas roídas por el terreno, sofocándose con su propio aliento y confundiendo sus lágrimas con la lluvia incesante; ahí fue donde sepultó su esperanza.

–He sido un monstruo, no merezco estar en este mundo ni un segundo más. Cada instante que paso acobardándome será un cargo extra a todo de lo que me he justamente acusado –. Se dijo a sí mismo. – ¡No soy merecedor siquiera de este cuerpo! – Y gritando esto, se arrancó la camisa. Así, mientras el helado viento se llevaba los restos de tela, sus uñas quedaron pintadas de rojo.

Con el torso empapado de acuarela rojiza, se puso de pie, apartó de su rostro algunos mechones de cabello y dio un par pasos al frente. Mientras el frío de su alma atenuaba el que sentía en sus piernas y el calor de su corazón se apagaba lentamente, extendió los brazos goteantes de escarlata.

Sin embargo, un último impulso por despedirse del infierno material en el que habitaba, le hizo voltear una última vez. Giró lentamente su cuello sintiendo cada musculo estirarse y la vio. La única razón de su existencia estaba observándolo desde algunos metros atrás. Llevaba puesto un largo vestido negro, de su cuello colgaba una bufanda roja que luchaba por no ser arrancada por el viento y sus pies carecían de calzado. Su cabello castaño claro no opuso ninguna resistencia en contra de las circunstancias y sus pliegues formaban un bello señalamiento para volver de donde partió.

Los ojos de aquel hombre se iluminaron con la ilusión de la resurrección de su esperanza. Su corazón palpitó con demasiada fuerza, tal vez con tanta como nunca lo había hecho. Ahora giró su cuerpo y nuevamente cayó sobre sus rodillas al percatarse que ella caminaba hacia él.

– ¡Oh, amada mía! No soy digno de que te postres ante mi presencia después de todo lo que te he hecho. No soy digno de que tus labios digan una sola palabra. ¡Pero dame tu mano y sabré que aun tienes fe en mí! – Gritó.

Pero ella siguió caminando hasta quedar frente a él sin hacer ningún tipo de expresión.

– ¡Oh, amada mía! ¡Muéstrame el camino hacia tu perdón, déjame regocijarme con el dulce néctar de tus labios, añorar tus ojos durante todas las noches y permíteme ser quien proteja tu delicado cuerpo de los males que puedan deteriorarlo!

Pero ella sólo pestañeó.

– ¡Oh, amada mía! ¡He sido un desconsiderado! ¡Un ser tan maravilloso como tú no necesita satisfacción física! Permíteme entregarte mis sonrisas, prometo destinar todo mi coraje hacía un filtro que lo convierta en energía para nuestro amor, serán mis lágrimas las que sequen tus lágrimas. ¡Dame otra oportunidad!

Y ella sólo ladeo la cabeza.

– ¡Oh, amada mía! ¡Te ofrezco mi razón! ¡Todo mi intelecto! ¡Todo el vasto conocimiento de los libros que he devorado!

Entonces ella abrió un poco los labios como si fuese a decir algo, pero los cerró haciendo una mueca de decepción.

– ¡Oh, amada mía! ¡Te ofrezco todo lo que soy! ¡Mi alma! ¡Mi espíritu! ¡Mi conciencia! ¡Todo mi ser! ¡Quédatelos! ¡Son tuyos! ¡Dame tu mano y arrasemos con todo lo que se nos ponga en frente!

Pero las curvas de sus labios y cejas, se deformaron demostrando tristeza.

– ¡Oh, amada mía! ¡No hay nada más que pueda ofrecerte! – Se puso de pie nuevamente y caminó hasta la punta del acantilado, extendió los brazos nuevamente y con el último aliento de todo lo que era… Cayó de rodillas. – ¡Oh, amada mía! No puedo hacerlo… El amor que siento por ti es mucho más grande que el deseo de dejar la vida.

Poco a poco, el fuego de su interior fue haciéndose más débil. No tenía nada, fracasó en la obtención del perdón de su amor y ahora había fracasado en quitarse la vida. Lloró tan amargamente que sus lágrimas fueron ácidas. Y en tanto éstas corroían sus mejillas, comenzó a golpear el suelo con sus nudillos ya debilitados.

Y en un instante, sintió sus venas incendiarse pues su amada le tocó el hombro. Se levantó apresuradamente. La tomó entre sus brazos e intentó seguir gritándole su amor, pero ella únicamente lo besó. Un beso que sació todas sus necesidades, un beso que le permitió conectarse con lo más sagrado que encontró: él mismo.

– ¡Oh, amada mía! ¡Sabías que no lo haría! ¡Sabías que te preferiría sobre la muerte! ¡No serás nunca traicionada! – Su emoción fue casi incontenible.

Pero cuando estuvo a punto de repetir el beso, ella lo empujó bruscamente, haciéndolo caer hacía el abismo que por un instante tuvo la suerte de evitar.

Se puso de rodillas, y con un trueno ensordecedor, dibujó en su rostro una sonrisa. Hasta que, entre las rocas, el cuerpo inerte de aquel hombre, flotó vacío de todo lo que lo pudiese dar a cambio de un poco de amor.

Entonces aquella joven eliminó la sonrisa de su rostro, y con tremenda desesperación, gritó: – ¡Oh, amado mío! ¡Auxilio! ¡El hombre al que yo amo se ha suicidado!

Y durante varios días, todo el pueblo la acompañó en su tristeza.

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