Persiguiendo.


Llevo varios días siguiéndole el rastro. Por más que me esfuerce, siempre encuentra la manera de dejarme atrás. La ansiedad me invade de forma sencilla, la desesperación ahoga mis sentidos.

– ¡Estoy buscando a un hombre cuyos pensamientos están trastornados por la incertidumbre de los celos! – grité. – ¡Estoy buscando a ese que me arrebató lo que más quería!

Pero en aquel enorme salón adornado con un sinfín de candelabros, enormes ventanas cubiertas por cortinas de color rojo sangre, donde las mesas sirven como mostradores para la cantidad exorbitante de alimentos dignos de un banquete para el rey; con los hombres vestidos de traje hechos para un solo individuo y las señoritas con vestidos ostentosos que llegaban hasta los talones, nadie respondió.

– ¡Aquí empezó y aquí es donde quiero que termine! ¡¿En dónde estás, cobarde?! – grité una vez más, pero nadie se atrevió a verme a los ojos.  – ¿Es que nadie puede ayudarme? – Pregunté sollozando – ¿Es que nadie es capaz de decirme a dónde debo ir para encontrarlo? –Me puse de rodillas, y con las manos en el rostro, comencé a llorar.

Las personas hicieron un círculo alrededor de mí, me observaban de mil maneras. La dama del vestido azul me vio con una ofensiva lástima, mientras que su acompañante soltó una carcajada y sonrío mostrando los colmillos derechos. Hubo incluso risas por parte de los que me señalaban llamándome loco. Y aunque sentí por momentos alguna que otra mirada sincera, la nube de indiferencia y apatía sofocaban el ambiente.

Entonces, entre toda la ola de gente, un anciano que portaba una larga gabardina negra, un sombrero con algunos parches y un bastón con cabeza de plata en forma de cuervo, que delataba que su pierna derecha no estaba sana, se acercó a mí. Su paso era lento, pero muy firme. Lo observaba entre los espacios que se formaban con mis dedos mal acomodados sobre mi rostro.

Tenía una barba que ya asomaba algunas canas y un parche en su ojo no alcanzaba a cubrir la gran cicatriz que se le extendía por la mejilla. Se detuvo frente a mí y tras guardar sus palabras por un momento, finalmente gritó: – ¡Guarden silencio! ¡Borren las sonrisas de su rostro! ¡Este hombre ha sufrido y les pido algo de consideración! – Al escuchar estas palabras, mi corazón fue invadido por un sentimiento de rescate, sentí que ese hombre podría ayudarme. Así que con un fuerte impulso, me arrojé sobre su pierna sana.

–¡Ayúdeme, por favor, usted tiene que ayudarme! – Le supliqué.

Me miró como un padre mira a un hijo y extendiendo su mano cubierta con un guante, dijo: –Tranquilo, hijo mío, cuéntame qué es lo que te atormenta –. Su voz fue aún más reconfortante y me fue imposible estallar nuevamente en llanto.

–Mi único amor ha sido víctima de un crimen atroz. Fue brutalmente herida por un infeliz que se atrevió a lastimarla. – Le dije ya más sereno –.  Necesito ayuda para encontrarlo.

Me miró tiernamente, acarició mi cabello mientras se agachaba y dijo: – No te preocupes más, ahora yo te ayudaré. Dime, ¿Cómo es aquel que te hirió en lo más profundo del alma? Porque debes recordar que cuando atentan contra la persona que amas, eres golpeado en el alma.

–Es lo que me causa más enfado, ¡No lo sé! – Grité nuevamente desesperado.

– ¿Cómo lo estás buscando, entonces? ¿Por qué lo buscas aquí? – Preguntó un tanto extrañado mientras ladeaba un poco la cabeza.

–Mi amada vendría aquí esta noche, hasta que sus planes fueron mermados por la tristeza. No, no lo conozco físicamente, lo conozco mental y emocionalmente. Conozco sus debilidades y sé cómo vengarme –. Susurré. –Lo que necesito es que me ayudes a encontrarlo.

–Cuéntame sobre él.

–Es un hombre egoísta, engreído, desconsiderado y malagradecido que ha sido fuertemente golpeado por sus impulsos; sus celos lo han trastornado y su delirio de grandeza lo ha llevado a la ruina; lo he visto humillarse –. Le dije ahora más tranquilo.

–¿Humillarse? – Preguntó extrañado.

–Lo he visto llorar amargamente ante los pies de gente que no conoce, sintiéndose un monstruo, buscando desesperadamente una salida para su tormento emocional, implorando por un escape, intentando miserablemente conseguir el perdón de quien no es nadie para dárselo… – Mis lágrimas no pudieron contenerse más y cuan si fuera un bebé, lloré a grito abierto sin pena de ser escuchado y sin pena de ser visto arrastrándome como si fuera un gusano.

Un hombre joven se acercó al anciano mientras éste se ponía de pie. – ¿Qué deberíamos hacer con él? – Preguntó. –Deberíamos buscar al hombre que le causó tanto mal y hacerlo pagar por ello.

El viejo ladeo la cabeza, se giró para darme la espalda, comenzó a caminar y con voz triste le contestó al joven: –No hace falta encontrarlo, se está buscando a sí mismo.

Y con esas palabras sellé mi agonía para siempre.

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