Algo que decir.


Desde que era un niño mis padres acostumbraban pedirme que guardara silencio pues decían que les provocaba migraña. Comencé a refugiarme en los espejos, viendo el reflejo no sólo de mi rostro, sino también de mis palabras.

Mis padres preocupados, me enviaron al campo con la esperanza de que por fin comprendiera la importancia del silencio. Sin embargo, aprendí a conversar con los árboles. Nada en este mundo está tan lleno de sabiduría como un árbol, porque, contrario a lo que hacen los humanos, los árboles saben escuchar. Y con el crujir de sus ramas, la caída suave de sus hojas y el rocío de la mañana sobre las mismas, te dan una pequeña palmada en la espalda inspirándote a seguir articulando palabras. 

Cuando se percataron de esto, fui preso del peor de los castigos. Me encerraron en un lugar horrible, una habitación pequeña carente de ventanas con un sucio piso de azulejo blanco manchado de humedad en el cual habitaban un sin fin de alimañas.  Pasé 33 noches ahí, sin tener con quien charlar.

Una vez intenté hablar con un grillo, pero saltó lejos de mí; otra noche traté de recitarle un poema a una cucaracha, pero la muy ingrata pario en lugar de escucharme; y por último lo intenté con un escarabajo, pero solo siguió de frente empujando una pequeña pelota de excremento. Pasé el resto de mis noches pensando en lo mucho que esos insectos se asemejaban a la humanidad. Por lo que decidí que nunca me callaría nada de lo que tuviera que decir.

Mi padre murió de estrés y mi madre de ansiedad. Y yo me volví una de las personas más detestables de todo el lugar. La gente aceleraba el paso cuando caminaba cerca de ellos, pocos se atrevían a saludarme, evitaban mi mirada y la hostilidad era plato de cada día.

Hasta que ella llegó. En cuanto la vi sentí por primera vez el deseo de guardar silencio. Solo contemplarla. Llegó una fría noche de invierno, tocó la puerta de la gran casa que me heredaron mis padres, me pidió amablemente indicaciones para llegar al kiosco en donde se encontraría con su madre. Tontamente le hable balbuceando una y otra vez. Y al verla marchar, los árboles me susurraron como cuando era niño.

No pasó mucho tiempo para que la gente le llenara los oídos de atrocidades asquerosamente ciertas sobre mi persona. Yo no estaba dispuesto a permitirlo. Comencé a recitar de nuevo, aprendí a cantar y logré escribir mi primera estrofa.  Todo como tributo hacia mi bella amada.

No pudieron sabotear lo inevitable. Al cabo de 33 lunas, se convirtió en mi esposa. Mi silencio se convirtió en mi arma más poderosa.

Sin embargo, pronto me volví loco. No podía distinguir entre lo que debía callar y lo que no. Mi compañera me notaba diferente, pues mi desesperación era plasmada con ansiedad y estrés. No soportaba estar con muchas personas y a veces ni siquiera soportaba estar con ella, lloraba en el balcón viendo la luna con ganas de gritarles a todos lo miserable que me había vuelto, mis manos carecían de uñas y mis ojos olvidaron lo que es el autocontrol. Poco a poco mi tolerancia fue cayendo, mi paciencia desapreció, todo mi aparato digestivo ardía como si estuviera en llamas. Y a pesar de todo, ella seguía ahí.

Después de 33 meses juntos, con mis males en su cumbre, se acercó a mí. Intentó tocarme suavemente la mejilla, pero con un movimiento violento alejé su mano. Esperó un momento, me miró a los ojos y sonrió, mis brazos se sintieron pesados y dejé que la gravedad actuara sobre ellos. Entonces ella lo volvió a intentar, tocó mi rostro con su mano suave y acercándose poco a poco besó mis labios. Como si una nueva energía invadiera mis extremidades, la abracé como no recuerdo haber abrazado a alguien. Y hundidos en aquella muestra de seguridad, comencé a llorar.

 ¡Oh, pero que terrible sensación! Lo que parecía ser un hecho liberador, se convirtió en un detonante. Mientras mis brazos rodeaban su cintura y mi rostro estaba hundido en su cuello, mi boca comenzó a verter sangre espesa manchando así su hermoso vestido blanco.

Al percatarme de ello, la arrojé lejos de mí, corrí hasta el espejo y mi boca se mostró inmóvil, dejando que la sangre fluyera libremente por mi barbilla, bajando por mi cuello libremente hasta mi pecho. Salí con tremendo espanto hasta la fuente del jardín y hundí mi rostro en ella. Tan poco consientes fueron mis actos, que mi cabeza terminó por estrellarse contra el concreto en un par de ocasiones. Terminando así en el suelo, hundido en mis pensamientos destructivos, miré un árbol y me susurró, con el crujir de sus hojas, que era tiempo de cambiar. Y con esa enfermiza tranquilidad, me quedé dormido.

Al despertar, me hallé en nuestra cama, vestido con ropa limpia, una venda en mi cabeza y mi cuerpo olía a jabón perfumado. Me levanté tan apresurado como mi cuerpo me lo permitió y me miré al espejo nuevamente. Mis mejillas estaban entumidas, mis ojos perdidos y mi boca no era humana. Estaba deformada, parecía imitar rasgos de hocicos de las más terribles bestias en el mundo. Intenté articular una palabra, no lo logré. Mi lengua se había vuelto parte de mi paladar. Intenté gritar por ayuda, pero mis cuerdas vocales no respondieron. Me arranqué la venda de la cabeza, rompí mis ropajes y destruí todo lo que se encontraba a mi alrededor.

En cuanto escuchó el escándalo, ella entró a la habitación. Con los brazos cansados, todo el rostro sudoroso y con la mirada expresando todo mi ser irracional, me acerqué a ella.

– ¡Fue tu culpa! ¡Tú eres la causante de todos mis males! ¡Guardé silencio por ti y mira lo que sucedió! – Le grité sin que pudiera percatarme de mis palabras balbuceantes. – ¡No puedo hablar! ¡He sido condenado al silencio de una forma atroz! ¡Es un silencio inhumano! – La vi siendo presa del miedo, pero no me pude detener. –No eres nada más que un ser despreciable que merece la muerte, ¡La muerte! ¡Me convertiste en un monstruo! – Y gritando esto último, le corté la garganta con un trozo de espejo que encontré en el suelo.

Una vez que vi su cuerpo inerte, sin vida, en el suelo, comencé a gritar todo tipo de maldiciones. Mi boca poco a poco comenzó a cobrar su forma. Entendí entonces que esa era la manera de recuperar mis palabras.

Corrí hasta el balcón y grité:

– ¡Malditos sean todos ustedes! ¡Malditos sean!

Corrí por todas las calles gritando, maldiciendo, insultando y blasfemando. Mientras me reía y me ahogaba con la sangre que mi boca comenzó a secretar.

Por la inercia de mi diversión, porque me parecía muy divertido, salí corriendo sin dejar de gritar y  seguí corriendo sin detenerme hasta que terminé por llegar a un bosque. Y estado dentro del espeso arbolado, me senté a reír. Poco a poco mi boca comenzó a deformarse nuevamente, e intenté gritar la peor de las blasfemias, pero no había ningún oído al que le importara, por lo que mi voz no se escuchó. La desesperación regresó y traté de correr en todas direcciones, golpeándome en repetidas ocasiones con diferentes troncos. Y una vez que estuve destrozado, me arrodillé en el fango, con el mismo líquido saliendo de mi garganta.

– ¿De qué terrible castigo eres prisionero? – Me preguntó una voz.

Sin poder responderle comencé a mirar a todos lados hasta que lo encontré. Era un hombre alto que cubría su rostro y su cuerpo con una gran túnica negra que radiaba niebla cuan si fuera su aura. Le hice movimientos con mis manos para que enfocara su atención en mi boca. Éste hombre, se acercó a mí y dijo:

–Padeces de un grave mal, conozco la razón. Pasaste tanto tiempo callando lo que pensabas que querías decir, que terminaste por callar lo que realmente querías decir. Pensabas que decir lo que quisieras era quejarte de todo, humillar a todo ser viviente y comportarte con hostilidad ante cualquier tipo de alma. – Me miró y acercándose lentamente hasta mi oído, prosiguió. – Pero estoy seguro que a ti no te interesa eso, por lo cual he de decirte que también conozco la cura. Puedes pasar toda tu vida maldiciendo y comportándote de la manera que siempre lo has hecho. Tu boca curará mientras haya alguien que escuche tu excremento verbal y empeorará en cada ocasión que decidas guardar silencio.

“Puedes hacer eso, sí,  o puedes hacer algo completamente distinto. Puedes escuchar. Escucha las palabras de otro ser humano, escucha lo que alguien que te ama es capaz de decirte. –Y diciendo esto, desapareció entre las sombras.

Y fue así que lloré durante 33 noches, lloré hasta que mis ojos fueron piedras, lloré hasta que mi pecho se quedó sin aliento, lloré hasta ahogarme mi espesa sangre, pues la única persona que podía liberarme, ya no era capaz de amar.

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