Un hombre completamente trastornado…


high hopes

Mírame, estoy aquí, sentado en esta habitación sin techo, rodeado de paredes en forma de piezas de rompecabezas color esmeralda que no encajarían entre sí de ninguna manera posible, imitando mis pensamientos. Las moscas se postran sobre mis ojos secos que ya no parpadean pues ya no es necesario; ahora, sin sensibilidad, ya no puedo distinguir la diferencia entre las cucarachas y las ratas que pasan a través y por encima de mis pies. Mi boca cansada y desgastada sabe a bilis; y en mi conciencia no hay más que miedo… Miedo de convertirme en lo que ya soy.

Atormentado por todo ésto a causa de una enfermiza obsesión, una búsqueda implacable de estabilidad emocional causada por mi terquedad y mi ambición de hacerte feliz. 

Y es que si me hubieses visto a los ojos mientras escribía mi mejor poema para ti. Si tan sólo te hubieses tomado un segundo para ser empática conmigo, tal vez no hubiera terminado así.

Bajo el recuerdo claro del momento en el que mi alma, ahogada en ilusiones, me dijo que solamente yo podría ser el hombre capaz de escribirte algo tan digno que entre tus miles de recuerdos destacaría como un rayo de sol en la obscuridad… Bajo ese recuerdo me martirio todas las noches.

Entonces, no… No considero un error haberte amado, pues únicamente tú eras capaz de sacar lo más sincero de mi ser. Mis instintos más patéticos, mis sueños más ridículos y mis aspiraciones más idiotas. No puedo culparte de mis caídas, pues tú sabías levantarme y liberarme de los fantasmas que me atormentaban. Así como tampoco puedo culparte de mis derrotas, si eras tú quien me alentaba a vencer esa parte inhumana que presume de su control sobre mi alma.

Ocasionalmente fuiste cruel, mucho tiempo fuiste cruel. Con todas tus mascaras jugaste conmigo. Cuando sonreías coquetamente, mi cuerpo se tendía a tus pies. Si en esos momentos te hubiese escrito con todo mi amor, mezclando los sentimientos con una pizca de tristeza y melancolía, tal vez lo habría logrado, tal vez te habría enamorado. Pero no se me hace justo que mientras más me empeñaba en escribirte, tú cambiabas de rostro, de personalidad. Inquietantes etapas de tu rostro en las que me confundía y con las que me tropezaba una y otra vez.

Nada podía detenerme. Me obligué a preguntarme qué fue lo que me causó más dolor, si cuando te mostrabas ante mí llena de vida y radiante, adornada por arco-iris nocturnos y nubes envolventes,  mientras alimentabas mi necedad y mi delirio que me pedía a gritos que no me rindiera; o cuando miraba fijamente la obscuridad y no te encontraba en ninguna parte.

Es absurdo, pues lo único que pedí fue un poco de inspiración. Un poco de esa palabra tan sobrevalorada. Sin embargo pienso que la inspiración no es más que un triste reflejo de lo que somos por dentro, en lo más profundo. Y lo que yo tengo por dentro es muy poco… Para ti soy muy poco. Es por eso que preferí refugiarme en la locura, pues estoy convencido de que la locura aportó más versos que la inspiración en el desquiciado poema de mi admiración.

Decidiste que me harías trampa, que jugarías sucio. No puedes hacer que me arrodille ante ti, darme la espalda, obligarme a que te extrañe con desesperante agonía y sonreírme de manera provocativa, para luego mostrarte magníficamente ante mis ojos mortales y susurrarme al oído que no hay nadie más que yo.

Aferrado a mis principios, puedo decir que yo no soy un artista  -y estoy muy lejos de serlo- pero la forma maldita en la que me diste esa obsesión de escribirte una obra maestra sólo para ti, me destrozaba la razón todas las noches.

Y otro hombre tocado por el divino poder del arte, hizo lo que nosotros, los obsesivos, no estábamos dispuestos a creer. Su poema es tan perfecto que se cuenta sin palabras. Ambos sacan tanto de mí, tú y los versos de ese poema son mis mas grandes joyas.

Faltando a mi cordura, también puedo recordar la primera noche en la que me pediste que fuera tu poeta, en un lapso de unas horas me mostraste todas tus caras posibles como si pidieras a gritos que confiara en ti. Y yo lo hice. También recuerdo todas las caídas de las que me levantaste, todo el tiempo que pasé sonriendo para ti que incluso terminé deformando mi rostro. Así como también recuerdo cuando escuché el poema por primera vez, era un pobre ingenuo que se obsesionó con comprender algo que es incomprensible.

Aferré mi razón a la congruencia… Pasé mucho tiempo aferrándome a ella. Y es que sí, todo se trata de obsesiones e instintos masoquistas. Pero no tenías que ser tan cruel: Arrancabas a pedazos mi esencia, mordisqueabas mi orgullo y pisoteabas mi ego. Sabías que debajo de todas esas sabanas estaba mi alma descubierta como un durazno maduro al cual podrías exprimir hasta que no quedara nada, pues la querías en el estado más puro y dulce posible.

Carcomiendo mis entrañas, con la mano en el pecho, he de confesarte: Éste es mi estado mas puro. Mi mente trastornada por la paranoia y la obsesión de conocer los patrones constantes que siempre están ahí, entre las personas que más quiero… (Ni siquiera sé porque me empeño en hablarte en segunda persona, no eres una persona y sin embargo tienes un poder que cualquiera envidiaría).

Estuve soñando y despertando de manera intercalada sin reconocer la diferencia entre ambas sensaciones. No te gustó lo que era, un hombre solo un poco trastornado que deseaba con toda tu razón ser el elegido entre tus brazos reconfortantes y entre lo que yo creía eran labios deliciosos… Pero no fue así. Tus tentáculos estrujaban mis costillas y mis pulmones eran comprometidos por tu sucia manera de besarme.

Tus asquerosos besos, tu inmunda saliva ahogaba mi garganta generándome arcadas y unas terribles ganas de vomitar… Y tuve que tragarme mi vomito infinitas veces para no manchar tu hermoso rostro pintado con conejo que tiene prisa de llegar a tiempo. Tu rostro con labios de sal humectados con agua de mar.

Oculté de mí la realidad. Mientras que me imaginaba a mí mismo siguiendo lo que ritual que el poema, escrito por un hombre a punto de convertirse en dios, me marcaba.

Francamente he de decir que caí en la trampa. Muchas veces pensé que la hierba sería más verde y que la luz sería más brillante, pero tú mandas en las tinieblas.

A veces pensaba que para que la noche fuera de maravilla tenía que estar rodeado de amigos.

Cantar me sirvió de desahogo por algunos días. Pero cuando tú sacaste lo más psicótico de mis pensamientos egoístas, las letras empezaron a ser innecesarias, las personas empezaron a ser simplemente un estorbo en mi camino. Me convertiste en un ser antisocial que no necesitaba de nada ni de nadie más que de tu presencia y la hermosa melodía.

Enterraste poco a poco mis ganas de seguir adelante. Atentaste contra lo que yo más amaba, atentaste contra lo que yo más defendía: Mi razón. Porque a ti no te sirve la razón, tú no puedes manipular mis pensamientos, pero cuan si fueran las mareas, tú sí manipulas mis emociones.

Así que por eso me has abandonado. Porque cuando perdí mi razón, perdí mi capacidad de llorar. Porque cuando perdí mi razón, perdí mi capacidad de amar. Pues ahora ya no puedo demostrarte lo que siento.

Llámalo como gustes, pero contéstame: ¿De qué me sirve amar si ya no sé cómo demostrarlo?

Imitando las palabras que están ocultas en mi mente, debo pedirte que no juzgues lo que he dicho, ya he recibido demasiado castigo. No hay peor agonía que entregar todo tu ser a cumplir un capricho convertido en obsesión, que cada paso que te acerca es sinónimo de sacrificio y que cuando por fin lo logras, ya has perdido todo lo que valía la pena. No hay peor castigo que llorar sin derramar ni una sola lágrima.

Conservé un poco de congruencia para poder decirte todo ésto. Tal vez no debía hablarte así, tú sabes que siempre te he amado y yo se lo mucho que me amas, sino no me harías tanto daño. Y aunque juro solemnemente seguir alzando la mirada para embriagarme de tu presencia y aferrarme a seguir amándote con locura en la obscuridad, es que no pude evitar decirte: Después de dar un paseo por mi realidad proyectada en miedos, después de escuchar esa melodía perfecta que me hacía embriagarme tan solo con la vaga idea de que tal vez algún día podría visitar el mundo de magnetos y milagros; y después de ver cómo me sonreías cínicamente, lo entendí.

Entiéndelo, trata de comprenderlo al menos y no te enfades conmigo, ¡Oh, mi astro inalcanzable! Pues ahora soy un hombre completamente trastornado…

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