Una ciudad llamada Vacío.


Caminé derecho siguiendo una ruta desconocida trazada únicamente por mis instintos tan confusos como antiguos. La oscuridad era tan espesa que no podía ver mis manos, caminaba solo con los recuerdos de lo que alguna vez fui y de lo que vi la última vez que me miré en un espejo. Eso era muy triste, no me sentía precisamente muy orgulloso de mis ojos psicóticos, de mi apariencia falsa, ni mucho menos de lo miserables que eran mis pensamientos.

“No vayas hacía allá” me repetían todos y cada uno de los hombres que han intentado llegar al final de esta agobiante ruta. Seres que se han reducido a absolutamente nada. Sus pensamientos, sus valores, sus recuerdos, sus acciones y sus palabras, ahora, carecen de coherencia. No hay congruencia en lo que son, excepto que todos insisten en una sola cosa: no debemos seguir la ruta.  

La leyenda dice que quien logre concluir el camino, llegará a la ciudad llamada Vacío. En donde las lágrimas hacen crecer flores preciosas, los gritos son sinfonías maravillosas y los dolores son masajes relajantes. El camino es atroz y hay que estar dispuesto a soportar toda clase de tormentos, pero sobre todo hay que estar dispuesto a hacer sacrificios.

Perdí todo lo material; mi casa, mis joyas, mis libros… mis preciados libros. Todo aquello que me daba comodidad y descanso.

Perdí también a quienes más quería; mis amigos, quienes siempre estuvieron en los momentos más desgarradores y que me ayudaron a salir del pozo una y otra vez dándome palabras de aliento, estirando su mano u ofreciéndome un simple vaso con agua para recobrar fuerza; ellos me dieron la espalda.

Mi familia, con quienes formas lo que serás el resto de tu vida, quienes te enseñan a estar en las buenas y en las malas… Me abandonaron, ya no están ahí para mí.

La perdí a ella. Quien acariciaba mi mano cuando tenía deseos de golpear la pared con mis nudillos, quien cantaba una canción cuando sufría de insomnio causado por las sombras del pasado, quien besaba mis labios para evitar que dijera una maldición, quien me tomaba es sus brazos y me prestaba su hombro cuando tenía que llorar; quien comprendió mis errores antes que tener que soportarlos.

Muchos me dijeron que estaba haciendo trampa. Que todo lo que tenía que perder en el camino, ya lo había perdido antes de partir y que por eso me esperaba la más cruel de las torturas.

Heme aquí caminando ciegamente, perdí mis ojos cuando un cuervo decidió alimentarse con ellos. Perdí mi voz por todos los gritos de desahogo. Arrastrándome por los más asquerosos pantanos, perdí mi olfato. Me he golpeado tantas veces que ya no siento dolor, perdí mi tacto. Pero aun escucho, mi oído ahora es más agudo. Sin embargo, a pesar de todo el dolor emocional que tuve antes de partir, a pesar de todo el dolor físico que he ido sintiendo en mayor escala con forme voy avanzando, a pesar de que mi instinto empezaba a fallar… A pesar de todo eso estaba seguro que aun no había sido castigado lo suficiente. Sentí la impotencia, llorar sin poder derramar una sola lagrima es uno de los más dolorosos castigos.

Pero la tortura más grande fue perderme a mí mismo. Ya no tenía nada más que perder, así que perdí mis pensamientos, mis palabras, mis valores, mis recuerdos, mi espíritu. Me vi reducido, al igual que quienes me lo advirtieron, a absolutamente nada.

Solo que yo era diferente. Yo aun tenía fe.

Seguí adelante durante un largo tiempo. Sin dolor, sin conciencia, perdido en mis pensamientos suicidas. Pero con mucha fe. Y entonces entendí que yo aun era algo, dentro de mi tenía algo que se aferraba a la tierra prometida.

A pesar de todo, un cuerpo físico jamás alcanzará para lograr nuestros sueños, no alcanzará para obtener lo que buscamos en realidad. Caí de rodillas en carbón ardiendo y mi cuerpo se estremeció al sentir que una mano tocaba mi hombro.

–Mírate, sin familia, sin amigos, sin amor. Los perdiste por tu egoísmo… – Me dijo una voz – Sin conciencia, sin pensamientos, sin recuerdos. Y aunque los tuvieras, ya no tienes manera alguna de expresarlos, ya no tienes a quien expresarlos.

–¿Quién eres? – Pregunté asombrado al darme cuenta que podía hablar.

–Soy quien da la bienvenida al Vacío. – Me contestó amablemente.

–¿Quieres decir que, llegué al Vacío? – Le pregunté emocionado.

–Amigo, debo decirte que estoy asombrado. Llevas meses dando vueltas a la misma fuente. Fui testigo de todo el dolor que sentiste, de las palabras incoherentes, de tus pensamientos anormales. Fui testigo de cómo llegaste a este punto.

–Perdí mi voz hace mucho tiempo, ¿Cómo es posible que ahora pueda estar hablando contigo? – Estaba muy ansioso.

–Te estás enfocando en la acción equivocada. Si puedes hablar, ¿Por qué no me preguntas si puedes ver? – Contestó relajadamente. – Abre tus ojos y verás al Vacío.

No puedo explicar con palabras la grandeza de lo que vi. El Vacío era perfecto, justo como me lo había imaginado, con detalles extras que encajaban a la perfección con mi persona.

–El Vacío es así de perfecto por una razón. El Vacío es llenado con lo que tu mas quieres. Sé que estás emocionado, amigo mío, pero debo decirte la verdad. – Su voz se tornó triste – Desde el momento en que perdiste a tus seres queridos, llegaste al Vacío.  Pero tú los perdiste por idiota, por errores simples que no quisiste resolver. Esa no es una manera correcta de llegar al Vacío, pues es injusto para quienes realmente sacrifican a sus seres queridos. Por eso has sufrido tanto.

–Entonces, ¿Ahora puedo quedarme aquí? ¿Puedo quedarme en la tierra donde las lágrimas se convierten en rosas, los gritos en sinfonías y los dolores en masajes? – Mi emoción era incontenible.

–Puedes hacerlo, pero antes debo preguntarte: ¿Por qué te quedarías en un lugar donde las lágrimas se convierten en rosas, si no puedes llorar? ¿Por qué te quedarías en un lugar en donde los gritos se vuelven sinfonías, si no puedes ni hablar? ¿Por qué te quedarías en el Vacío, donde los dolores se sienten como masajes, si ya no puedes sentir? – Preguntó con un tono irónico.

–Pero, estoy sintiendo el carbón en mis rodillas, estoy hablando contigo y estoy viendo el Vacío. – Le dije casi cuestionando.

–Y también recuperaste tus recuerdos, tus pensamientos, tus valores y tu espíritu. Te recuperaste a ti mismo, gracias a mí. Es mi mano sobre tu hombro lo que te regresa lo que eres.

–Entonces nunca quites tu mano de mi hombro. – Le supliqué.

–Tendrás que estar a mi lado por toda la eternidad.

–Lo haré, pero por favor acepta quedarte aquí, en el Vacío. – Le supliqué, ahora con mucho mas sentimiento.

-Lo siento, el Vacío no es un lugar para mí.

-Dijiste que tú eras quien da la bienvenida.

–Así es, pero yo no pertenezco aquí.

–Entonces dime, ¿Quién eres tú?

–El Vacío es tan cruel como hermoso. Soy yo, la Muerte, quien te da una oportunidad de escapar. Es imposible llegar al Vacío y quien llega jamás disfrutará de él. Te ofrezco un lugar no tan bello como el Vacío, pero en él encontrarás paz. Ven conmigo. – Me dijo con una voz tan cálida que parecía un ser humano.

–Me niego, no llegué tan lejos como para acobardarme, me quedaré en el Vacío. ¿Qué es lo peor que me puede pasar?

–No tengo permitido decírtelo, y está es tu última oportunidad. Ven conmigo.

–Lo siento. No seré yo, será mi alma la que sea feliz por lograr lo que logró. Qué más da si me quedo aquí ciego, insensible y mudo. Mis pensamientos, mis recuerdos, mis valores y todo lo que soy desaparecerá. No tendré conciencia. – Fue lo último que dije.

Quitó su mano de mi hombro y sucedió lo ya dicho.

Debí confiar en la Muerte cuando me dijo que el Vacío era tan hermoso como cruel. El Vacío me regreso mi conciencia, estoy ahora caminando sobre él sin poder comprobar que los gritos son sinfonías, sin comprobar que las lágrimas se convierten en rosas y sin sentir los masajes derivados del dolor. El Vacío se burla de mí al regresarme mi conciencia, ahora estoy condenado a escuchar a los otros que llegaban sin poder advertirles lo que les sucederá. Condenado a escuchar como la Muerte les ofrece otro lugar y como es que algunos aceptan su propuesta. Condenado a atormentarme a mí mismo con los recuerdos de lo que alguna vez fui y de lo que vi la última vez que me miré en un espejo: mis ojos psicóticos, mi apariencia falsa y mis miserables pensamientos. Condenado a tener fe, esperando que la Muerte me dé otra oportunidad de elegirla a ella…

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