Una pequeña historia sobre el encanto.


Satanás confió en las sirenas para atormentar a la humanidad. Él sabía el poder que poseen, sabía que eran capaces de arrastrar al mas desconfiado y experimentado marinero hacía las aguas abismales, seduciendo y engañando a cualquier hombre con dos armas muy poderosas: su belleza y su voz. Tan letales son que hacen creer en la perfección.

Éstas, obedeciendo su mandato, después de esculpir su nueva imagen casi artesanalmente, tuvieron una transformación terrorífica.    Su aleta fue cortada por la mitad para formar piernas debajo de su cintura, las garras destrozaron sus delicados dedos, el cabello se caía a mechones,  les crecieron enormes alas que destrozaron toda estética en su espalda, sus bellos labios fueron corrompidos por los colmillos que punzaban la carne blanda de éstos, el brillo de sus ojos se convirtió en odio reflejado por llamas multicolor, la piel se les caía a pedazos desiguales que apestaban con un hedor individual, de sus axilas secretaban un liquido espeso combinado con sangre y de todos sus poros desprendían un hedor insoportable.

Las sirenas se indignaron, sabían que su poder se basaba en su belleza y la habían perdido. Sin embargo, Satanás las convenció y prometió que tendrían algo mucho mejor. A partir de ese momento, volaron por los cielos cometiendo toda clase de atrocidades. Robaron, asesinaron, mutilaron, torturaron e hicieron cosas tan terribles que algunos ángeles perdieron la vida tratando de evitarlas… Pronto, su apariencia dejo de importarles. Tener el poder de aplastar a los humanos se convirtió en un vicio. Cambiaron sus bellos cantos por gritos atemorizantes, cambiaron la seducción por el miedo, cambiaron el dulce aliento de su boca por larvas y sangre putrefacta escurriendo por sus mejillas.

Dios, respondiendo a este acto sucio y ruin, intentó castigarles. Quería aprisionarlas en armaduras, que fueran tan pesadas como para que no pudieran siquiera moverse mientras sentían correr agua bendita por sus venas, para que escucharan el canto de los ángeles y  fueran atormentadas por la sensación en su cuerpo de todos los males que causaron.

Pero Satanás alteró el poder de Dios y cumplió su promesa de belleza, pues las armaduras se hicieron de oro con diamantes. Y logró que éstas pudieran abrirse.

Sin embargo, volvió a subestimar a Dios. Las armaduras eran bellas y podrían abrirse, sí, pero solo por fuera…

Desde entonces, estos seres mitad Sirenas y mitad Arpías tuvieron que aprender de nuevo a hipnotizar y hechizar, pero esta vez con su mirada de diamante y con su apariencia dorada para controlar a los humanos, pues buscan de forma desesperada quien las libere de sus radiantes prisiones.

Lamentablemente siempre hay un ingenuo, que después de caer víctima del hechizo, esta dispuesto a liberarlas.

Maldigo a estos miserables seres que no tienen ni una pizca de sensibilidad y rezo por aquellos que caen en sus garras, porque una vez que queda liberada una de éstas asquerosas criaturas, vemos realmente como lucen, haciendo tributo a todo lo maligno… A excepción de quien la liberó, pues éste afirma por todo lo sagrado que, donde todos vemos horror, él ve la mas pura representación de un suspiro del creador absoluto.

Y es por esto último que me siento agobiado, me siento temeroso. Hace ya algún tiempo que admiraba a una persona con la completa seguridad de que su cuerpo y su rostro habían sido tallados con un cincel de armonía de sobre los maravilloso rayos de la luna llena…

Lucharía por ella… Si no supiera lo podrida que está por dentro…

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